Así controlan a los empleados de las cadenas de comida rápida

Así controlan a los empleados de las cadenas de comida rápida

- in Notas Curiosas
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¿Cómo deprimirías a una rata? Vale, no es la pregunta más normal del mundo, y técnicamente las ratas no se deprimen, pero lo cierto es que las utilizan para desarrollar ansiolíticos, probándolos primero en ellas, ¿verdad? Bien, ¿y cómo? ¿Es necesario traumatizarlas? No. De hecho, lo único que se debe hacer es conseguir que pierdan interés en las cosas que solían disfrutar, como el azúcar.

Tampoco es muy difícil conseguirlo, una jaula, descargas eléctricas aleatorias, un intruso en el mismo lugar en el que viven, incapacidad para salir… el hoyo de la desesperación. Gradualmente los animales pierden el interés por vivir, y es cuando se les suministra el antidepresivo.

Emily Guendelsberg hace esa comparativa entre el animal encerrado que pierde las ganas de vivir con el estrés laboral en un artículo en ‘Vox’. “Generalmente”, apunta, “los medios de comunicación discuten sobre el estrés laboral en aquellas personas cualificadas, que han pasado por la universidad. No dedicamos tanto tiempo o energía a explorar el agobio que produce el trabajo no cualificado y los bajos salarios”.

Como ratones atrapados
¿Cuál es el motivo? Ella apunta que, a medida que la tecnología avanza, se tiende a hacer más fácil esa parte superior del mercado laboral: los trabajadores capacitados y educados. Lo que no se tiene en cuenta es que esa misma tecnología también sirve para monitorizar a los que se encuentran en la parte inferior de la cadena. Consiguen que las vidas de muchas personas se vuelvan estresantes de manera crónica. Quizá conozcas a alguien que, como el político estadounidense republicano Paul Ryan, recuerda con nostalgia ese verano que pasó sirviendo hamburguesas. Desgraciadamente, trabajar en una cadena de comida rápida era mucho más sencillo en 1986 que ahora, en 2019.

Guendelsberg habla de primera mano, pues para comprobarlo no decidió acudir a sus fuentes: como si de una actriz de método se tratara, consiguió trabajo en un almacén de Amazon y en un McDonald’s. Su periódico había cerrado y eso le dio una vaga idea para escribir un libro sobre cómo había cambiado el trabajo desde entonces. “Trabajar sirviendo hamburguesas es muy estresante”, explica. “Siempre tienes prisa, las ocho horas que puedes estar trabajando, nunca hay un momento para relajarte”: De nuevo volvía a la alegoría de las ratas: “todo está cronometrado, segundo a segundo, si no mantienes todos los tiempos, el sistema notificará a un administrador”.

La máquina es tu jefa, controla, al fin y al cabo, si puedes continuar en el trabajo o van a echarte. “Después de que me gritaran varias veces por llegar unos minutos tarde –la máquina te penaliza automáticamente– comencé a imitar a mis compañeros de trabajo y aspiraba a llegar 20 minutos antes al trabajo. Los horarios, además, suelen ser completamente diferentes de una semana a otra.

Cuanto más recientes son los datos, más precisa es la predicción, razón por la cual tantos trabajadores de comidas rápidas y minoristas no obtienen su horario hasta uno o dos días antes de que empiecen. Deja a los trabajadores de estas industrias incapaces de planificar sus vidas (o sus presupuestos) con más de unos pocos días de anticipación. Esto da lugar a locuras del estilo de turnos consecutivos, se cierra muy tarde y se abre prontísimo a la mañana siguiente, y hay turnos no remunerados donde se espera que los trabajadores estén de guardia si hay más clientela de lo previsto”.

También se queja de la falta de personal, una táctica, según ella, generalizada para reducir los costes laborales. Contaba la anécdota de una chica a la que sus superiores estaban presionando para que trabajara más rápido, de manera que se resbaló en el suelo mojado y se quemó el brazo con una parrilla caliente. Cuando presentó la denuncia los gerentes le dijeron “que se pusiera mostaza“. Tampoco es tan extraño, según una encuesta realizada en 2015 a miles de empleados de comida rápida. Por el Consejo Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional de Estados Unidos, el 79% de los trabajadores de la industria se habían quemado en alguna parte del cuerpo durante su turno laboral año anterior. Más de una vez.

“Las políticas de que el cliente siempre tiene la razón también son terriblemente perjudiciales para la salud”, apunta. “Tener que comportarte de manera sumisa todo el tiempo, mientras ellos te gritan y tienes que tragarte tu orgullo puede ser algo bueno para el negocio, pero mental y físicamente te destroza”. Y, en la mayoría de los casos, en Europa el sueldo no llega a los 1.000 euros al mes.

“En una ocasión, una mujer enfadada me tiró la comida. Todos mis compañeros habían pasado por una experiencia similar, yo era la excepción. Las cosas ya no son como en los 80, cuando se ocupaban de estos trabajos principalmente los jóvenes. Ahora hay adultos con hijos que soportan estos tratos, lo que, según mi experiencia, sucede porque la mayoría de las personas están dispuestas a hacer inmensos sacrificios por sus familias”.

Todo esto se traduce, como sucedía con las ratas, en estrés crónico. Un factor muy importante detrás de las enfermedades cardíacas, obesidad, trastornos autoinmunes, depresión o ansiedad. La periodista se pregunta sí realmente se puede pedir a las personas que sacrifiquen su salud física y mental por un trabajo agotador y sin esperanza.

“Muchas personas aconsejan alegremente a los pobres que lo más importante es que no pierdan la dignidad o el respeto propio”, indica. “Esa gente, probablemente jamás se ha quemado el brazo con una parrilla, han recibido gritos de sus jefes por llegar un minuto tarde o los clientes les han arrojado comida. Su imagen mental del trabajo es de la época anterior a internet. Cuando le pregunté a mis compañeros si les habían tirado alguna vez comida me observaron como si estuviera loca. Por supuesto, dijeron, claro que nos ha pasado. Pero tenemos una familia que mantener, piensa eso'”, concluye.

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