Las pócimas curalotodo infantiles con cocaína, morfina o heroína

Las pócimas curalotodo infantiles con cocaína, morfina o heroína

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Álvaro Arbina nos acerca en su sección El armario del tiempo de ‘Boulevard Magazine’ al mundo de las pócimas curalotodo.

Estos productos milagrosos aparecían en grandes anuncios, que se anunciaban por doquier, como el Elixir del Dr. Guillé, de París. Según la publicidad esta especie de panacea milagrosa curaba asmas, catarros, inflamaciones del pecho, apoplejía, parálisis, bilis, catarro de la vejiga, gota, reumatismo, fiebre amarilla. O el Aceite de Hogg, a base de hígados frescos de bacalao, era indicado para la tisis, afecciones escrofulosas, tos crónica, reumatismos, flaqueza de los niños y debilidad general.

En Bilbao, la Farmacia Oribe tenía entre sus productos el Licor del Polo de Oribe, que curaba la fiebre del cólera, y que contaba con una gran campaña de publicidad.

El éxito de estos productos se debía en buena parte a que incluían opiáceos, cocaína u otras drogas. No conseguirían «purificar la sangre», pero sí provocar sensaciones de bienestar o energía que podían confundirse con una mejor salud.

A veces, a comienzos de siglo se especificaba que tal medicamento llevaba cocaína. Por ejemplo, el vino de kola de Pinedo, otro farmacéutico bilbaíno, era un «tónico nutritivo», compuesto de kola, cacao, y cocaína: combatía la clorosis, la anemia, el raquitismo, las enfermedades nerviosas y las cardíacas. También eran de fabricación española las pastillas Crespo de mentol y cocaína.

Fue muy frecuente en el siglo XIX la inclusión de droga en los productos más diversos. Desde su lanzamiento en 1886 hasta 1904 cada botella de Cocacola llevaba nueve mililitros de coca. En los productos dedicados a la garganta fueron habituales las mezclas de mentol, eucaliptus y cocaína. Y hay más: desde 1849 a 1900 se vendió el conocido por entonces sirope de la señora Winslow un producto que llevaba morfina y que se suministraba a los niños para que pudieran dormir plácidamente.

En 1898, casi a la misma vez que puso en el mercado la Aspirina, Bayer empieza a comercializar un nuevo medicamento llamado heroína. Durante algunos años tuvo un éxito enorme, aquí en el País Vasco se comercializó como jarabe de heroína, que se vendía como remedio contra la tos de los niños.

Un caso extremadamente llamativo es el de la comercialización del radio como panacea y solución para todo tipo de problemas. El llamado ‘sol líquido’ entró en hospitales, teatros, boutiques y tiendas de ultramarinos. Se vendía ropa interior con radio, mantequilla, leche, dentífricos, maquillaje, pintalabios y cremas faciales.

En EEUU eran muy habituales las empresas y fábricas de esferas para relojes. Se impregnaban las manecillas de los relojes con una pintura que contenía radio y se lograba que brillaran y se pudiera leer la hora en la oscuridad. Por aquel entonces se libraba la Primera Guerra Mundial y esos relojes visibles en la noche eran muy demandados para los soldados. También se ‘iluminaban’ miras de fusil, brújulas de barco e instrumentos de vuelo.

En la primavera de 1917, las pintoras de esferas estaban muy demandadas. Contrataban a jovencitas adolescentes que a veces marcaban su nombre y dirección disimuladamente en los relojes que pintaban. A algunas les escribieron de vuelta varios soldados. Algunas se pintaban las uñas e incluso se untaban los dientes para aparecer ‘brillantes’ ante sus novios.

En el libro Las chicas del radio de la periodista británica Kate Moore se detallan las estremecedoras consecuencias que tuvo el radio en estas mujeres.

Mujeres con dolores de muela que no cesaban, con encías que no cicatrizaban, llagas cada vez más dolorosas, alientos que apestaban. Luego los malestares se trasladaban a la mandíbula, la cadera y bajó hasta los pies. Se creía que era reuma, los médicos recetaban aspirinas. Muchas chicas perdieron los dientes y los huesos de la mandíbula, deformada por tumores. Las chicas que demandaron obtuvieron diez mil dólares cada una. Murieron todas. Estos casos llegaron a la prensa parisina y a Marie Curie, la descubridora del radio. La premio Nobel dijo que le encantaría poder ayudar. Pero que no había forma de destruir la sustancia una vez que entra en el cuerpo.

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